6 de febrero de 2013

HAKA













MASSA Y PODER

RITMO


El ritmo es originalmente un ritmo de los pies. Todo hombre camina, y como camina con dos piernas y golpea alternativamente el suelo con sus pies, pues solo avanza si cada vez repite el mismo movimiento, va produciendo, sea o no su intención, un ruido rítmico.

Los dos pies nunca pisan con la misma intensidad. La diferencia entre ellos puede ser mayor o menor, según la disposición personal o el humor de cada cual. Pero también podemos caminar más deprisa o más despacio, podemos correr, detenernos bruscamente o saltar.

El hombre siempre ha prestado oído a los pasos de otros hombres, y seguro que estaba más pendiente de ellos que de los propios. También los animales tenían para él un modo de andar familiar. Muchos de ellos poseían ritmos más ricos y perceptibles que los de los hombres. Los ungulados huían en manadas como regimientos de tambores. El conocimiento de los animales que lo rodeaban, lo amenazaban y a los cuales daba caza fue el saber más antiguo del hombre.

Aprendió a conocerlos por el ritmo de sus movimientos. La escritura más temprana que aprendió a leer fue la de las huellas: era una especie de notación musical rítmica que existía desde siempre; se imprimía espontáneamente en el suelo blando, y el hombre que la leía asociaba a ella el ruido de su origen.

Muchas de estas huellas aparecían en gran número y muy próximas entre sí. Los hombres, que originalmente vivían en pequeñas hordas, podían tomar conciencia, mediante la tranquila observación de esas huellas, del contraste entre el escaso número de su horda y aquel otro, enorme, de algunas manadas. Estaban hambrientos y siempre en busca de una presa; cuantas más presas, mejor para ellos. Pero también querían más. 

El hombre siempre ha sido extremadamente sensible a su propia multiplicación, lo que en ningún caso debe entenderse solo como aquello que se designa, usando una expresión insuficiente, con el nombre de afán de procreación. Los hombres querían ser más en un lugar y momento determinados.

El gran número de la manada a la que daban caza, y su propio número, que deseaban ver acrecentado, se hallaban vinculados en su sentimiento de un modo muy particular. Y ellos expresaban todo esto mediante un estado de excitación común que definiré como massa rítmica o palpitante. 

El medio para lograr fue, en primer lugar, el ritmo de los pies. Donde van muchos, arrastran a otros con ellos. Los pasos que se suman rápidamente a otros pasos producen el efecto de un número mayor de personas. Pero en vez de desplazarse, la danza se desarrolla en un lugar fijo. Sus pasos no se apagan, se repiten y persisten durante largo rato igualmente intensos y animados. Suplen con intensidad lo que les falta en número. Cuando los danzantes pisan con más fuerza, suenan como si fueran más.

Ejercen sobre todos los que están cerca una fuerza de atracción que no cederá mientras la danza dure. Todo ser vivo que llegue a oírlos se les unirá y permanecerá unido a ellos. Lo más natural sería que se les uniera siempre más gente. Pero como muy pronto ya no habrá quien pueda añadirse, deberán simular el incremento a partir de sí mismos y de su reducido número. Se moverán como si fueran dada vez más. Su excitación irá en aumento y llegará a paroxismo.

¿De qué manera compensan, sin embargo, el incremento numérico que no pueden alcanzar? Por un lado es importante que todos y cada uno de ellos haga lo mismo. Todos pisotean con fuerza y todos lo hacen de la misma manera. Todos agitan los brazos y menean la cabeza. La equivalencia de los participantes se ramifica en la equivalencia de sus miembros. Todo aquello que en un hombre puede moverse adquiere vida propia, cada perna o cada brazo vive como para sí solo. Los distintos miembros acaban coincidiendo todos. Están muy próximos entre sí, y con frecuencia descansan unos sobre otros. A su equivalencia se añade así su densidad; densidad e igualdad se vuelven una única y misma cosa.

Y ante nosotros baila finalmente una sola criatura de cincuenta cabezas, cien piernas y cien brazos que actúan todos exactamente de la misma manera o con la misma intención. En su excitación extrema, estos hombres se sienten realmente un solo ser, y lo único que los abate es el agotamiento físico.

Todas las masas palpitantes ofrecen cierto parecido, gracias precisamente al ritmo que en ellas predomina. El ejemplo de estas danzas proviene del primer tercio del siglo XIX.

Se trata de la haka de los maoríes de Nueva Zelanda, que era en su origen una danza guerrera. En esta danza, en la que todos pueden participar, la tribu se siente a sí misma como masa. Recurre a ella cuando siente la necesidad de ser masa y aparecer como tal a los ojos de los otros. En la perfección rítmica que ha conseguido, la haka alcanza su objetivo con seguridad. Gracias a ella, la unidad de la masa nunca se ve seriamente amenazada desde dentro.

ELIAS CANETTI
Masa y poder 




"Dame diez divisiones del batallón maorí y esta guerra terminara rápidamente"
                                                          General Rommel